Me quedé dormida en el sillón por la tarde, tuve un sueño. Estaba en una casa llena de gente que no conocía (ni la gente, ni la casa), algunos niños tomaban mis libretas de dibujos y hacían dibujos increíbles, mucho mejores que los míos, con técnicas que yo misma desconozco. Un señor, creo que era su padre, veía mi molestia por que tomaron mis cosas; se paraba frente a mí y me decía que si no me había dado cuenta que lo que tenía se había multiplicado por 100 en la mesa y era así. Después una ventana se abría y la cortina blanca que tenía se desprendía y salía volando, era imposible recuperarla. Salí de ese lugar llegué a una choza en un monte, el piso era de tierra y yo caminaba descalza, sentí que nunca había estado en otro lugar donde me sintiera más cómoda. Levantaba la mano izquierda con la palma y los ojos mirando hacia el cielo y giraba, como giran los derviches, y de pronto era otra persona. Sentí que en ese lugar se podía hacer magia. En medio del campo había una puerta de madera, podía ver a través de ella y era un lugar lindo con muchas mesas blancas y ahí encontraría a alguien y empezaría una historia; pero no entré y en ese momento, desperté.
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